Si Adriana Lara hubiera sido monja. (Facetas del arte como construcción social)

Claudio M Iglesias escribe sobre la obra de Adriana Lara, una producción que relaciona con la crítica institucional y que sirve como punto de partida para analizar la profesionalización del contexto artístico.

Si Adriana Lara hubiera sido monja. (Facetas del arte como construcción social)

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Adriana Lara

La última pieza que vi de Adriana Lara consta de una mazo de cartas con las figuras tapadas por un tono cercano al zafiro. Es un trabajo muy simple y con una gracia circunstancial: una imagen que circuló reblogeada en Tumblr, con el nombre de Lara añadido como un detalle. Pero el tópico del juego de cartas nos lleva a algunas referencias cercanas y lejanas. Los juegos de Lara parecen tomar la sabiduría aprendida de algunos de los artistas que, en el último siglo, construyeron su trabajo sobre la relación entre el arte y el tejido institucional que lo hace accesible: el aparato de acceso al arte.

Podemos llamar crítica institucional (siguiendo a la misma Adriana Lara) al ejercicio de pensar en el arte fijando los límites de su acceso y criticando la extensión de su concepto. En definitiva es una idea recibida, parte del lastre del siglo XX: la idea de que el arte es lo que se presenta (lo que se construye socialmente) como arte. Para llegar al juego de cartas hay que agregar la tradición que surge de la crítica institucional como su resultado directo: el movimiento artístico que, tomando al pie de la letra la noción del arte como un objeto construido socialmente, no avanzó en el sentido de la revolución social (como la crítica institucional originalmente pedía) sino en el sentido del profesionalismo. Al ser construido socialmente y estar desde el vamos involucrado en las relaciones del mercado, el arte se reconoce en un ejercicio profesional lúdico y de cierta manera frívolo: una suerte de juego que parece reunir los rasgos de lo especulativo (en el sentido financiero) con lo constructivo (en el sentido epistemológico).

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Martin Kippenberger

Algunas figuras de la llamada escena de Colonia (y del arte europeo de los noventa en su conjunto) estuvieron involucradas en ese proceso. Fomentaron la idea del arte contemporáneo como un tipo de inserción laboral capaz de criticarse a sí misma en la forma de un juego libre, pautado por la comedia. Mezclando herramientas del marxismo italiano, la deconstrucción francesa, la izquierda pop y, sobre todo, la astucia para comentar y convivir con los asuntos del arte como espectáculo, los artistas de Colonia y sus herederos dejaron un tendal de obras buenas y malas, junto a una importante colección de chismes y una predilección por el bar como institución artística. De ahí (de todo eso) el tópico del juego de cartas.

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Merlin Carpenter

El juego de cartas representa a la perfección la imagen del juego del arte como horizonte económico, al que simultáneamente se accede como lo que es: un juego, un espacio artificial en el que toca desarrollar  estrategias para ganar o perder. Las cartas, en sí mismas, según las distintas versiones del motivo, pueden representar una estrategia futura y secreta (las cartas que se tienen en la mano) o el capital acumulado en la forma de referentes (valga como ejemplo Heroes, la excesivamente reseñada muestra de Merlin Carpenter en Berlín de 2011).

Como casi todas las imágenes y experiencias que produjo Adriana Lara, el mazo de cartas pintadas tiene el sentido puntual de revestir una definición del arte. En años previos, Lara condujo empresas disímiles, como dirigir y editar una revista (Pazmaker), gerenciar una oficina de producción de arte (Perros Negros) o tener una banda (Lasser Moderna). Muchos de estos proyectos se produjeron en Ciudad de México a comienzos de los dos mil: una escena artística que comenzó a extenderse a gran escala y en la que el significado de la vocación artística en sí mismo fue objeto de una reconversión rápida. De ahí que el ascendente que la moda, la edición y la música tuvieron sobre la obra de Lara sea correlativo de la redefinición del arte como trabajo creativo profesional: como industria.

“El alguna vez subterráneo mundo del arte se ha convertido en parte de una amplia, anónima industria cultural (a un nivel global) y esto ha generado cambios en el rol y estatus del arte.” Así presentaban Adriana Lara y sus compañeros de Perros Negros, en 2007, la primera de las exhibiciones producida por la oficina en conjunción con Toasting Agency. Escrita como epitafio a la cultura de la escena independiente de Ciudad de México (ese “alguna vez subterráneo mundo”), la nota de prensa subraya una reconversión del concepto de arte que, en Ciudad de México y en otros puntos del mapa, ocurrió en pocos años. Lara forma parte de la generación que experimentó el proceso en directo.

La adhesión de Adriana Lara a los planteamientos de la crítica institucional (entendida según la definición precedente) es absoluta, y debe ser recuperada en ese contexto: sus distintas piezas y apariciones fueron acompañando y bordeando las formas posibles que podía tomar el arte en relación con sus condiciones de posibilidad exteriores y sus constituyentes interiores. El análisis de circunstancias de presentación como una feria de arte o el primado de la interconexión profesional en los asuntos del arte son aspectos que al mismo tiempo describen un estado de situación y una faceta concreta de su trabajo.

Pero siempre hay algo más. El mazo de cartas abierto como un abanico deja ver una definición vigente del arte; una especie de metáfora funcional. Ciertamente, estamos en un momento en el que rige una mirada profesional y económica sobre los asuntos del arte. Pero repitiendo la metáfora, Lara de alguna manera contribuye a volverla extraña, a mostrarla en la punta del tenedor. Tanto afirmar que el arte es una industria abre la posibilidad de que sea algo distinto: tanto preguntarse por las condiciones de posibilidad del arte hace pensar que el arte está más allá de sus propias condiciones de posibilidad.

Si hubiera sido monja y hubiera vivido toda su vida encerrada en un convento de Nueva España, Adriana Lara hubiera escrito, tal vez, un soneto ocurrente y juguetón inspirado en un mazo de cartas.

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