Crónicas en meandros, afluentes y recintos feriales. 2: El espía y los vecinos

Las miradas desde la oscuridad, el reconocimiento y la visibilidad. Paloma Checa-Gismero observa en el cruce de visiones que componen un momento.

Crónicas en meandros, afluentes y recintos feriales. 2: El espía y los vecinos

fair1Estábamos todos. El sol se puso y el frío volvió a caer sobre las calles de Madrid. En el centro, las calles se llenaron de los que salieron a las galerías. Todos estábamos allí; yo también. Doctor Fourquet, Comandante Zurita, Lope de Vega. Todos nos miramos en la noche bajo las luces dirigidas que cortan y dan contraste a las facciones haciéndolas metamorfosear en otra cosa. Todos se miraban.

A medio día y por la tarde hablábamos de la visibilidad y la ceguera. Los oficios de mis contertulios  y el mío con frecuencia recuerdan al del espía, no por su intención si no por la unidireccionalidad del juego de miradas que los construyen. Ellos lanzan ojo pero nadie les devuelve, lo mismo pasa conmigo. Cada uno en nuestra cámara de Gessel, olvidamos que la visión que sustenta nuestras prácticas es unidirecional. Olvidamos casi siempre la naturaleza estructural de nuestro oficio. Si de verdad fuera visto lo que cuenta cada uno la cuestión adquiriría una densidad de relaciones intolerable anticipando el cataclismo universal. Imagínate, Paloma: todos viendo todo todo el rato en todos sitios leyendo todo comentando todo. Qué grado de aprehensión, qué insoportable intercambio, qué deuda irreparable, infinita, empatizadora, catárquica.

In English below

De noche ves a tus vecinos pero ellos no te ven a ti. Si olvidan bajar las persianas, les vemos cocinar, desnudarse, pelear y fumar contra el cristal. Sabemos que si mantenemos las luces apagadas, la diferencia de luminosidad nos protege de sus miradas; ante la falta de reciprocidad visual ellos no sintonizan con nuestra vigilancia. La oscuridad hace la vista gorda con la mirada y permite que ésta sea sólo perversa. No demanda la mirada curiosa e inquisidora, pues esa es la del conocimiento y la curiosidad y sólo sale de día. La nocturna es preferida pues gusta del artificio, los contrastes y las deformaciones. Además, escudada en la falta de luz, no demanda de sí misma pararse en el detalle. Basta con lograr el más superfluo reconocimiento de las formas básicas.

Las ferias de arte aglomeran entorno a sí perfiles diversos de profesionales y curiosos que encuentran placer en mirar, ser vistos, y ser guiñados. Todos nos reconocemos en un evento que dura días. El único propósito de todo esto es reafirmar lo poco de material que tienen estas profesiones: globos oculares. La feria de arte iintenta heredar el régimen escópico de la playa, pero aún le faltan las carnes desnudas.

De nuestro lado del cristal de Gessel estábamos anoche, sorbiendo sopa de fideos de arroz con algas. Nos contábamos lo que queríamos que la otra entendiera en una. Nos vimos mirarnos los unos a los otros, en este display para seres humanos que es la jaula de vidrio de la semana de las ferias de arte. Pero nadie ve nada, ni lee nada, en realidad a pocos les importa un bledo hacerlo. Nuestro cuerpo no estuvo en el tinglado pero poco importa, pues hoy todos han hecho como que sí.

In English

Everyone is present but they are all blind

We were all there. The sun set and cold fell upon Madrid’s streets again. Downtown, streets filled up with those accumulating outside art galleries. We were all there; me too. Doctor Fourquet, Comandante Zurita, Lope de Vega. We all looked at each other at night, under direct lights cutting and enhancing the contrast of our facial features, turning faces into something else. Everyone checked out the others.

At noon and after we discussed about visuality and blindness. My professional practice and that of my companions often remind of the spy’s; not because of its intentions, but because of the unidirectional gaze play it’s built on. They throw eyes thrown back by no one; the same with me. Each of us stays locked up in our Gessel chambers, forgetting that gaze in our practices is one-way. We tend to forget the structural conditions our jobs. If people did really see what every body else shows art fairs would acquire an unbearable relational density, anticipating universal cataclism. Picture it, Paloma: everyone seeing all the time every where reading everything all the way through commenting it all. What a degree of apprehension, what an unbearable level of exchange, what an irreparable debt, infinite, sympathetic, cathartic.

At night you see your neighbors but they can’t see you. If they forget putting the blinds down, one can peep through the windows seeing them cook, undress, fight, and smoke against the glass. It’s common knowledge that if lights are kept off, the difference in luminosity protects one from their gazes. Lack of visual reciprocity renders them unable to tune with our vigilance. Darkness avoids seeing, making room for perverse gazes. It does not get along with curious inquisitive eyes. Those are keen on knowledge and unveiling; they are day animals. In this case, however, night is a better scenario due to its fondness on artifice, contrasts, and deformations. Moreover, sheltered in the absence of light, gaze allows herself not to stop in details. It suffices with achieving the cutaneous recognition of basic forms. 

Art fairs agglomerate diverse profiles of professionals and voyeurs obtaining pleasure from seeing, being seen and eye-winked. We all recognize ourselves in a five day long event whose only purpose is to reaffirm the existence of the reduced material side of our professions: our ocular globes. Art fairs pursue the scopic regime of the beach but they are yet to incorporate naked flesh.

On our side of the Gessel chamber last night we sipped noodle seaweed soup. We told the other what we wanted her to know about one. We saw ourselves looking at all the others inside this glass cage display for humans that every art fair is. But nobody sees or reads a thing; no one cares a crap. Our bodies did not go to the gallery stroll but who cares, today they’ve all pretended they’d seen us there.

Unlike Foster Wallace in his cruise trip, I haven’t seen any naked bodies in or around ARCO that I regret seeing. What I’ve seen are hungry ghosts haunting value in the least of elegant ways.

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